30 de mayo de 2007

Sólo pasos


Caminamos en silencio. Las piedras bajo mis zapatos se reían de mi mal equilibrio y mi conciencia me gritaba que actuara rápido antes de que el tiempo se arrancara de mis manos, de mis posibilidades. Tú no hablabas, fumabas tu cigarrillo con calma y respirabas pausado mientras la noche se caía a pedazos frente a nosotros. Mi cabeza bailaba sola en la oscuridad y tú no podías notarlo, tú nada podías hacer porque tu cabeza explotaba con la mía al mismo tiempo y ninguno de los dos lo comprendía aún. Sólo caminábamos. Rebuscaba en mi cabeza un maldito tema de conversación pero todos me parecían estúpidos, nada podía pensar en paz porque tu respiración calmada lo derrumbaba todo. Estas bien?, me preguntaste después de un rato y yo te respondí que sí, aunque en realidad no supe a qué te referías, a si aún podía mantenerme de pié y caminar en línea recta sin balancearme de un lado a otro, o si en realidad querías saber cómo me sentía. La verdad es que me sentía de maravilla, la noche era perfecta para mí, había un silencio acogedor, una soledad casi impenetrable y tu compañía que me venía más que bien.

Seguíamos caminando, cada paso que dábamos aniquilaba las esperanzas, mataba de a poco el tiempo anhelado tantas veces. Yo sólo miraba tu silueta recortada en el cielo oscuro y sin luna, miraba tu boca en silencio y adormecida por el frío, buscaba tus ojos perdidos entre pedazos de pelo cayendo sobre tu cara pero nunca los hallaba, se escondían entre la penumbra y tú no podías notarlo porque tu cabeza giraba tantas veces por segundo como la mía. Alcanzamos una micro y tomamos un asiento, el fin era inminente y aunque hubiese matado por cambiar el rumbo obvio de las cosas, siempre supe que no podían ser de otra forma. Eres buena compañía, me dijiste regalándome una tregua personal en medio del bombardeo de ideas y pensamientos que violaban mi calma. Yo no pude responderte, no tenía palabras, mi lengua estaba atada y guardé silencio. Tus ojos me calmaban un poco, pero ya todo era inevitable, el tiempo se iba, burlándose de mi poca valentía y yo me hundía en el fango de mis propios temores. Me besaste en la mejilla antes de despedirte y me regalaste una de tus miradas más intensas, y yo no pude más que morderme los labios y seguir en silencio.

27 de mayo de 2007

Enojo

Venía llegando de una degustación de vinos. Uno de esos lugares llenos de viejos guatones entallados en sus trajes de dos piezas con sus copas de tinto en la mano hablando de los taninos redondos y toda esa mierda enológica. Había estado bebiendo vino de una copa junto a mis compañeros y habíamos sostenido conversaciones a la altura, habíamos hablado de los valles vitivinícolas, de la fermentación maloláctica y de la untuosidad en boca. Habíamos sido borrachos con clase por primera vez en nuestras vidas. Había vuelto a casa sintiéndome un poco más importante de lo que suelo sentirme normalmente. Había sido recibida con mayores elogios por parte de mi familia, había sido interrogada de cómo me parecieron los vinos, si había aprendido algo nuevo que pudiera contarles. Había sido feliz hasta que prendo el computador y en msn hay un contacto de esos con los que suelo hablar habitualmente, de esos que saludas cuando entras, de esos que pueden mandarte a la misma mierda cuando están de mal humor. Y ahí estaba ese contacto diciéndome que estaba triste. Diciéndome que se sentía solo, que tenía una de esas penas que te ahogan cuando te pillan desprevenido. Yo estaba feliz, por lo que supuse que debía tomar el papel de ente consolador que escucha –en este caso lee- y entiende. Y eso fue lo que hice. Y eso fue lo que supuse era lo mejor que podía hacer estando comunicados a través de un computador, leyendo sus palabras escritas a unos 110 kilómetros de distancia, pero no fue una distancia suficiente como para frenarlo de decir cosas en mi contra como si yo tuviera algo de responsabilidad en su pena.

Me había considerado una persona poco rencorosa, había creído conocerme en ese aspecto. Pero me equivocaba. Sus palabras se alojaron en una especie de cápsula de recuerdos inolvidables que estarán ahí cada vez que me levante por las mañanas y piense en lo que debo hacer durante el día.

El caso es que me había desconectado del msn sintiéndome absolutamente enojada. Me había dicho conformista. Me había dicho tonta. Me había sentido del todo insultada y subvalorada -sin mencionar que también me había sentido estúpida al tratar de consolar a alguien que me insulta- y había pensado durante buena parte de la tarde en lo que había dicho, y luego en lo equivocado que estaba. Había vuelto a casa sintiéndome capaz de todo para venir a leer los insultos que me llegaban directo al ego desde 110 kilómetros de distancia. Así que de esa forma se activó todo ese mecanismo que hace a las personas salir del letargo pasajero por el que se suele pasar de vez en cuando y me sentí harta de toda esa mierda de personas egocéntricas que necesitan aplastar al otro para sentirse más. Me harté de ser humilde, de ser tan tonta como para tratar siempre de bajarle el perfil a todo lo que hago para no parecer jactanciosa, de no hablar demasiado de lo que hago y soy, por temor a que me tilden de arrogante, de convertirme en uno de esos personajes que hablan de sí mismos y aburren. Siempre eliminando de mis frases las palabras “Ingeniería”, “Universidad de Chile” y todo eso que me parecía jactancioso -Ni siquiera hablo de literatura y de los autores que leo a pesar de que estudio una carrera que no me hace leer ese tipo de autores y sin embargo leo más que el promedio de cualquier ingeniero-. Siempre tratando de valorar al otro para hacerlo sentir bien. Siempre escuchando, siempre humilde. Me harté.

Había despertado hoy por primera vez con ganas de estudiar. Había decidido que ya no me iba a dejar intimidar por nadie y que iba a hacer algo por ser mejor de lo que soy. De lo que ya soy. Quizás no debería odiar del todo esa conversación y hasta agradecer el enojo que me hizo sentir. Algún día se dará cuenta de lo equivocado que estaba, como yo me doy cuenta de lo equivocada que estaba también.

26 de mayo de 2007

Gritar

Carla tiene ganas de gritar. Quiere gritar tantos garabatos y maldiciones sepa, pero es demasiado tímida para eso, demasiado tímida para llamar la atención gritando en medio de una calle, aunque esté vacía. No tiene valor para ello. Respira, aprieta los puños, pero no puede. Sólo tira el aire por la nariz y aprieta los dientes. Sigue caminando en esa calle dispareja y sola con la mandíbula apretada y la cólera sujetándose en su garganta estrecha. Esto le ha pasado cientos de veces pero nunca termina por acostumbrarse.
Está desilusionada. Piensa que ya aprendió y que no volverá a tener fe en nada, pero llegado el momento vuelve a creer, el cielo nunca se cierra absolutamente cada vez y ella mira el sol en algún rincón y cree. Siempre termina creyendo. A veces hasta cree en el pronostico del tiempo e incluso en el lastimero llanto de los perros. De vez en cuando cree en los ojos de alguien. Ya es demasiado adulta como para creer en los ojos de alguien, piensa, pero muchas veces le es inevitable. Carla sabe que el invierno no es bueno para creer en los ojos de alguien, pero se le olvida de vez en cuando. Y vuelve a creer. Vuelve a creer en invierno cuando las nubes lo ocultan todo y la fe se congela y se quiebra en la escarcha.
Ya no quiere gritar. Su mandíbula se afloja en cada paso y se tranquiliza. No vale la pena, piensa. Llega a su casa y enciende la música, algo tranquilo, algo para ignorar un poco. Se tira en la cama. Grita.

12 de mayo de 2007

La despedida

Yo no tenía idea lo que había pasado antes. La última vez que lo vi parecía como si no hubiese dormido en meses, como si ya no existiera una ducha en su vida y la comida fuera parte de un pasado un poco confuso. Se suponía que no consumía drogas, pero la pinta que traía esos últimos días daba miedo. No miedo de que te hiciera algo (o quizás sí, dependiendo de cuánto lo conocieras), más bien miedo a que se fuera a caer muerto en cualquier momento frente a tus narices. Se andaba despidiendo de sus amigos, se iba a España, o Francia, no lo tuve muy claro. No le pregunté mucho, no éramos muy cercanos, aunque yo le hubiese dado un abrazo infinito como despedida. Me dijo que no sabía por qué se iba, yo le pregunté si sabía cuando volvería, si sabía si volvería, pero no me respondió. Yo creo que no estaba muy presente cuando habló conmigo la última vez. Parecía un zombie. Su pelo estaba tieso y tenía unas ojeras casi azules. Yo sabía que esa sería la última vez que lo vería y le acaricié el pelo. Yo lo quería un poco. Le toqué los mechones de alrededor de la cara y le pedí que se cuidara. Él intento figurar una sonrisa en su rostro desaliñado pero poco le resultó. Cuando ya se había ido a Europa me contaron que se había ido a despedir de Laura, que le había dicho que la amaba y que ella le había respondido que eso le importaba una mierda. Me dijeron que él le había dado una bofetada en la mejilla y que ella le había propinado un buen número de patadas y le había gritado que se fuera de su casa, que no quería volver a verlo nunca más. Todos sabíamos que él no la había podido olvidar nunca. Todos sabíamos que Laura lo veía como con desprecio, que despreciaba a todos esos poetas de mala muerte que se lo pasaban tomando y escribiendo incoherencias. Yo que Laura le plantaba un buen beso de despedida y me lo llevaba a la cama por última vez. Como por los buenos tiempos, si es que los hubo. Pero su cara de muerto no era por eso. Su cara era por otra cosa, pero nadie lo sabía muy bien, aunque supongo que era por todos esos días tomando en los bares sin descanso, por todos esos poemas que nunca se iban a publicar, que no se iba a llevar con él. Le dije que se cuidara, porque no se me ocurrió qué más decirle. Me hubiese gustado ser Laura e irme con él, pero no me atreví a decírselo. Así que le di un beso en la mejilla y se fue. Lo espié mientras se iba, caminaba lento, como ausente, el pelo hasta los hombros parecía pesarle. Intenté saber de él con el tiempo, de su paradero en Europa, si le iba bien, o tenía qué comer al menos. Pero nunca tuve noticias de él.

9 de mayo de 2007

Desahogo

Quisiera pararme de la clase un día, mirar al profesor a los ojos frente al resto de mis compañeros y decir permiso, yo me retiro, lo intenté, pero esta carrera no es lo mío. Es como un sueño. Pero uno de esos inalcanzables. Un amigo me contó un día que se paró de su clase de cálculo y dijo permiso, pero yo me retiro de la carrera. Yo lo admiro. Claro que era en su primer año y no tenía una deuda de diez millones de pesos como la que yo tengo con el estado a estas alturas. Este es mi secreto. Si leyera esto un futuro enólogo de mi clase entonces nunca más me incluirían en los grupos de vinificación, me despreciarían lo más probable. Así que fingir es el camino. No es del todo difícil tampoco, lo he hecho a menudo, aunque a estas horas, cuando he estudiado tanto y sigue sin apasionarme este asunto del vino entonces irremediablemente pienso que todo esto me supera, que no puedo más.
Quizás con unas horas de sueño ya no piense así. Quizás algún día deje de preguntarme cómo hubiese sido estudiar literatura. Quizás algún día sea enóloga y me ría de todo esto.

7 de mayo de 2007

Invierno?


Siento que es invierno. Pero los días siguen siendo calurosos, yo voy por la calle sintiendo calor y pienso no es invierno, sigue siendo verano, voy a dar vuelta a la esquina y me voy a encontrar con el chico que toca el timbre de mi casa todos los días. Pero llega la noche y me entumo. Hace frío a veces, como en invierno, siento silencio como en invierno, siento vacío, como ese vacío que se siente cuando llueve y caminas solo. Como cuando es invierno y piensas que es eterno, que allí te quedas para siempre.
Pero aún no es invierno, y yo todavía no me lo creo

29 de abril de 2007

Amigas del alma

Resulta que ella es así, callada, introvertida podría decirse. Le cuenta sus problemas a todo el mundo pero lo que realmente siente no lo sabe nadie. Ni yo, que soy su amiga del alma, como muchas veces se ha encargado de repetirme. Dice que siente ganas de matarse mientras se come un grasoso pedazo de pizza y le saltan las migas de la boca riéndose de su propio desfachatez, yo le digo que yo también me mataría, pero es una broma y lo sabe, lo sabemos. La muerte es un tema gracioso y recurrido cuando hay problemas y no queda otra que hacer de tripas corazón y seguir. ¿Matémonos ahora? ¿Crucemos Vespucio corriendo con los ojos cerrados? Nos reímos, terminamos emborrachándonos en alguna parte, hablando mil veces los mismo temas.
Ha tenido problemas en su trabajo, no la quieren dice, no les cae bien a la gente, dice que tiene una marca en la frente que le indica al resto ignorarla, o pisotearla algunas veces. No me cuenta mucho y cuando lo hace siempre está estampada una sonrisa en su cara. Yo me río también, siempre reímos, pero en el fondo no es gracioso. En el fondo sufre, pero yo no puedo hacer nada. Un día leyó en un libro de Coetzee que una mujer lesbiana no era la que necesitaba la cercanía de otras mujeres sino que simplemente era la que no sentía la necesidad de un hombre. Desde entonces dijo que quería ser lesbiana. Poco le duró. Se vió en la cama de un hombre en menos de lo que pudo darse cuenta y me explicó que sólo era cuestión de necesidad física, que después de todo la anatomía de un hombre era irreemplazable, afirmación que yo, por supuesto, apoyé rigurosamente. El problema era que no era necesidad de física de cualquier hombre sino que comenzó a hacerse exclusivamente de uno solo. Primero afirmó que ese hombre era el mejor, que sus trucos eran únicos, luego sus argumentos eran innecesarios y ya no se molestaba en intentar disfrazar lo que iba sintiendo. Ya no quería ser una lesbiana según Coetzee. Ya no podía serlo tampoco. Hubo un tiempo en que no me habló más del asunto, yo pensaba que las cosas iban bien, me distraje de la trama de su vida, de sus conversaciones irracionales en el teléfono y sus ganas irónicas de matarse.
No me di cuenta que tenía razón, que su marca en la frente existía y era indeleble y que la gente la pisoteaba de vez en cuando. Me dijo un día que no existía una recompensa por hacer las cosas bien en la vida, que el hombre ya no estaba más en la historia y que se había ido de una forma más o menos traumática. No me contó exactamente o no me dijo la verdad por vergüenza supongo, por pudor, somos amigas, pero a veces la vergüenza es más fuerte y uno oculta las malas historias, los relatos feos que delatan lo vulnerables que podemos ser a veces. Ella no dijo más. Yo no le volví a preguntar tampoco.
La última vez que la vi me dijo que podríamos matarnos uno de estos días, y yo le dije claro, la próxima vez que crucemos Vespucio. Pero no me la he encontrado desde entonces.

26 de abril de 2007

Odio nocturno


A veces se me olvida que no tengo corazón. Me quedo pegada leyendo las paredes y los recuerdos y siento cosas. Siento pena, siento rabia, cariño, odio, miseria. Luego recuerdo mi condición post verano, la imposibilidad de sentir, de escuchar palabras bonitas, historias melosas que asquean y melodías marcadas que no quiero volver a oír. Escupiría sobre ellos y los sentimientos abusivos que deterioran las horas en nada y termino lamentando pensar tantas cosas que no puedo manejar. Termino lamentando ser yo y pensar las cosas que pienso. Las cosas que estúpidamente termino haciendo cuando es de noche y aparece el silencio sentado conmigo y pienso que quizás sí tengo corazón, que no es tan malo tenerlo de vez en cuando. Estúpida mente cargada de errores.
Entonces recapacito y respiro. No, no puedo seguir odiando tanto, no puedo seguir odiándome tanto, la gente dice que no es malo confiar, que en algún momento existió la tranquilidad y la vida sencilla. Y yo no puedo encontrarla todavía. Por eso tal vez no dejo del todo de sentir. Por eso sigo siendo un animal hiperlaxo cargado de emociones. Y me odio por ello.

19 de abril de 2007

Caminando

Voy caminando por vicuña mackenna escuchando Hotel Intro y me parece que soy un personaje confuso dentro de una película lenta de calles y autómatas y me siento extraña porque voy pensando y creyendo que soy el único pensamiento sombrío en medio del movimiento infinito de los autos, los cuerpos, los semáforos. Voy por las mismas calles en las que caminé el verano pasado, cuando usaba poleras y guardaba pensamientos alegres en mi cabeza porque hacía calor y el calor atrae los buenos pensamientos, los buenos sentimientos. Camino por las calles que caminé mirando esa sonrisa que tanto llegó a gustarme, que tanto llegué a querer, como si una sonrisa fuera exactamente un disparo en la cien, la descarga que detonaría las ruinas invernales que yo no pude ver cuando miraba esa sonrisa y la quería. Cuando yo tomaba esos labios y los creía míos, la carne interminable de mis deseos.
El invierno es inevitable, lo supe desde siempre, desde el inicio de todos los inviernos, lo supe cuando sonreía, cuando lo quería. Voy caminando por la misma calle que recorrí en el verano, voy recordando sus palabras infectas, la herida imborrable de sus dientes claros, sus labios falsos, los mismos labios que quise, cuando había calor y caminaba por vicuña mackenna bajo el verano olvidado. Yo me perdí en ese verano. Voy caminando por vicuña mackenna bajo el invierno y ya no siento nada. Ya no puedo sentir nada. Porque yo me perdí en ese verano.

15 de abril de 2007

Anoche

Anoche yo iba a verte en el mismo lugar donde te vi la última vez. Me dijiste que me ibas a esperar hasta cualquier hora y yo no sonreía, pero era feliz. Yo tenía corazón en ese lapso porque era como un episodio irreal de una vida irreal y yo te quería esa noche porque yo no era yo y tú no eras tú. Yo te dije que iba a encontrarte y tú esperaste que la noche avanzara callada en el frío, tú te dibujaste como esa noche cuando yo te quería y te miraba incansable en la oscuridad, éramos como tú y yo de ese invierno, como los personajes pasados de una historia borrosa que se entumió.
Anoche yo te encontré, tenías los ojos cerrados debajo de los pedazos de pelo que caían sobre tu cara. Estaba la misma ventana y la luz quieta del invierno pasado, estaba esa música apagada y los dibujos sobre las paredes que nunca me gustaron. Te dije que iba a encontrarte aunque no estuvieras. Te dije que iba a quererte aunque no fuera cierto. Tú reíste, dijiste que así estaba bien, que así debió haber sido siempre, que me habías esperado en tantas partes y en tantos inviernos inciertos. Entonces empezaste a desvanecer. Te quise entonces antes del fin, y sonreíste mil veces antes de apagarte por completo.

14 de abril de 2007

Envidias


No sé. Me miraba al espejo y me consideraba un personaje ordinario. Me pierdo en medio de todas las caras anónimas del Paseo Ahumada porque soy una cara anónima como todas. Una cara sin registro, sin un sello que diga que me llamo Carolina, que me gusta la pizza sin jamón, los libros de Bolaño y comerme las uñas en las pruebas. Un extra en la basta ciudad de Santiago.
Yo creía eso. Pero justo cuando imagino que soy una insignificante calcomanía en el cuaderno viejo de alguien, resulta que soy un modelo a seguir. Que después de todo atraigo envidias, misteriosas y un poco inexplicables envidias de alguna parte que no entiendo. Debería sentirme bien entonces, satisfecha de lo que soy, de lo que hago, de lo que proyecto, pero no dejo de sentirme enojada. Es que no puedo ser Carolina sólo yo?. Qué presumido de mi parte este pensamiento incómodo, pero qué mierda, estoy enojada. Odio que me copien, eso es todo. Odio que exista gente como la que me he topado últimamente, odio que imiten mi vida. Ya tuve suficiente de esto hace algunos años y pensé que había pagado el karma. No era así. A pesar de que me siento insignificante y que muchas veces detesto mi cara en el espejo y mi propia voz durante las caminatas interminables por Santiago, creo que al final no soy una cara anónima. “Soy un único y bello copo de nieve saltando y bailando en este mundo”. Tyler Durden se equivocaba entonces.

24 de marzo de 2007

Shock

No siento nada corriendo por el cuerpo, ni la garganta. No siento nada. Es como quemarse y morirse sin dejar de respirar, como un tiempo demasiado largo que hiere sin tocar. Mis ideas están en silencio. El odio, la pena, juegan a las cartas en mi cabeza y yo me quedo callada porque mis ideas están en silencio. Mi corazón está en silencio. Me volveré un pedazo de tiempo que ya no va a pasar, la fracción que no existió, que se perdió. Yo guardo esas imágenes, y el silencio, porque no siento nada.

17 de octubre de 2006

Annecy

Soñé con Annecy.
Dijiste que esas cosas te ayudaban a odiar menos tu vida en Santiago y yo te creí, yo quise probar qué hacías tú en esas noches lánguidas en las que hablábamos para quemar el tiempo inerte que pasaba frente a nuestros ojos secos, tú me dijiste que te daban ganas de correr al final de la carrera y tomarla, que la vida era simple cuando bailabas en la calle y todos te miraban creyendo que eras demente. Yo te escuché y luego soñé con ella, me decía que el tiempo se daba vuelta bajo los puentes y yo miraba el cielo desde sus aguas verdes.
Quise jugar a ser tú y ahora no dejo de soñarla. Me dijiste que esas cosas te ayudaban a odiar menos tu vida en Santiago, pero yo no dejo de soñar con Annecy.

4 de octubre de 2006

Círculos (cuento)

Un día de sol se puso a caminar en círculos por el centro de la ciudad. Compró galletas en un kiosco, dos cigarrillos sueltos y dio vueltas mientras el sol parecía detenerse a mirarla, girando entre los edificios viejos y los minutos perdidos. Fumó el primer cigarrillo mientras pasaba por las vitrinas de vidrio que exhibían madejas de lana de colores vistosos. Abrió el paquete de galletas cuando un perro vago la seguía con ojos tristes, incrustando la mirada en las galletas rellenas con crema de vainilla. El segundo cigarrillo lo encendió justo frente a unos departamentos viejos con piso de cerámica y escaleras de barandas doradas. Se detuvo a mirar la entrada. Un conserje veía televisión en blanco y negro. El tablero dorado de la entrada exhibía los 24 botones de los 24 departamentos, todos con sus números, todos gastados de tantos dedos presionando por tantos años, por tantas historias desconocidas que se olvidaron. Bota el humo del cigarrillo sobre el tablero de botones y toca el número 61, lo toca con la punta del índice sin presionarlo. Imagina la voz saliendo por el citófono, preguntándole quien es, qué quiere. Ella no imagina una respuesta, ella no imagina nada porque su cabeza se llena del humo del cigarrillo sostenido entre los dedos y lo presiona fuertemente hasta que duele, hasta que la yema le arde, un sonido confuso y una voz se dispara desde el citófono, una voz áspera y estirada preguntando quien es, ella aspira fuertemente el cigarrillo, se traga el humo mientras observa al conserje que la mira de soslayo y la voz insiste, se vuelve más ronca y más dura, ella se aleja del tablero, de la voz, apaga la colilla del cigarrillo sobre el pavimento de la calle y se pone a caminar dando vueltas por las mismas calles en un día de sol. Los mismos pasos en círculos por el centro de la ciudad.

19 de agosto de 2006

A ocho años de Smashing Pumpkins en Chile


Hace ocho años exactamente vino a Chile Smashing Pumpkins en un concierto de alrededor de dos horas en la Estación Mapocho y yo estuve ahí. Cada 19 de agosto la nostalgia me ataca dulcemente y recuerdo. Año 1998, tercero medio, llorando de alegría, gritando tan fuerte como podía, la felicidad explotándome en los oídos mientras Corgan en el escenario jugaba con la bandera chilena y cantaba los temas más bellos de la tierra.
Si pudiera volver a un día de mi vida volvería a ese. Al 19 de agosto de 1998, 21 horas, Estación Mapocho. Cada vez que pienso en ello me da escalofríos, me da alegría, emoción, nostalgia, euforia, hasta casi siento otra vez el vértigo en el estómago, esa sensación de histeria que sentí cuando apareció la voz cruda y avasalladora de Corgan, cuando el sonido potente de sus guitarras llenó la Estación Mapocho de emociones irresistibles y nos hizo seres felices, almas sedientas de calabazas reventadas.
19 de agosto de 2006, a ocho años de ese día imborrable, sólo tengo ganas de recordar y escuchar a los Pumpkins mil veces hasta que este día acabe y la nostalgia se vuelva algo más etérea y menos presente.

1998


1998 un año extraño. Voy al colegio y dedico las tardes a dormir siesta, leer revistas de música y ver el canal dos, mi único enlace con la música en esos años. Ahí estoy yo, inserta en un año intenso, esperando el concierto de los Pumpkins en Chile, escondiendo mi incontrolable euforia porque no tengo permiso para ir, es un grupo agresivo y rebelde dice mi madre, no irás a ninguna parte, eres muy chica. Finjo que he aceptado la sentencia y no insisto. Sé que voy a ir igual, eso nadie va a quitármelo.
Tengo un novio y un gato, una amiga inseparable y una habitación tapizadas de fotos de los Pumpkins. En el antiguo equipo de música de la casa suena todo el día Adore, el disco que los traerá a Chile. Cuento los días que quedan para el 19 de agosto. La espera, siento ahora, es un dulce letargo de días fríos y alegres, insomnios excitantes que me revuelven el estómago. Sueño con el día del concierto y con conocer a Corgan, con poder tocarlo, con que todas las fantasías adolescentes se hicieran ciertas. Y llega el día, y corro, corro lo más fuerte que puedo, llego a la reja que separa el escenario y ahí me quedo, me afirmo y juro no soltarla más, es mía, es mi maldito premio por años de espera. Son las nueve y cinco de la noche y se apagan las luces, la gente grita, todos gritan, todos están desesperados, aparece la cabeza calva de Corgan y la gente se desmaya, se para justo en medio del escenario y toca la guitarra, toca To Sheila, yo lloro, yo no puedo creerlo y grito, grito lo más fuerte que puedo, siento una especie de vértigo, un dolor en el estómago que es emoción, llanto y alegría concentrados en un solo punto, en un momento único de mi vida. Smashing Pumpkins tocando en Chile, tocando a pocos metros de mí. Miré el cielo y dije gracias, sé que lo dije, tocaban 1979 mientras Corgan reía con malicia y la felicidad se me escapaba en lágrimas, sintiéndome tan pequeña en medio de tanta gente cargada de emociones, cargada de sentimientos que no puedo explicar.
1998, un año extraño. No soy capaz de volver a emocionarme por algo, no soy capaz de volver a sentir después de ese concierto. Pierdo a mi novio, pierdo a mi gato en una extraña desaparición, pierdo a mi amiga inseparable y todas las fotos de los Pumpkins las pierdo también. Cuando quedé sola sí sentí. Sentí pena. Al final uno nunca pierde la capacidad de sentir. 1998 un año difícil de olvidar. El año más feliz de mi vida.

15 de agosto de 2006

Exceso

Maldito alcohol. Quizás si no hubiese tomado tanto ese viernes entonces ahora estaría igual que antes de ese viernes, pero tomé demasiado y vi todo mejor de lo que era y me reí de cosas que no eran graciosas y me fascinó gente que no tenía nada de fascinante. Un viernes como todos los viernes, sólo que esta vez “exceso” es la palabra que me culpa y se ríe un poco de mí en una parte de mi cerebro que no sé cuál es. Los recuerdos son sólo flash-back violentos que saltan como una luz electroscópica en cualquier momento, sin que los invoque, sin que desee recordar qué pasó cuando ya lo creía borrado de mi cabeza. Y así aparece la calle silenciosa quebrada por nuestras risas enormes y nadie sabe por qué reímos, pero reímos. Y luego está esa escalera sucia que baja a un subterráneo infecto, colmado por la música y las risas enajenadas de las demás personas como nosotros y seguimos tomando sin darnos cuenta que nuestro cuerpo ya no quiere más alcohol, no importa, siempre queremos más, siempre necesitamos más. Ahí está esa cara bonita que creí demasiado bonita y la voz dulce que creí demasiado dulce y luego esos sentimientos afectivos que sólo nacen del alcohol porque no hay otra explicación, entonces en medio de la confusión decido que me gusta esa cara y que la quiero. No sé qué más sucede porque los flash-back no me muestran todo y los recuerdos siguientes siguen en un agujero negro dentro de mi cabeza perdidos y sin forma en el fondo de cualquier parte. El siguiente recuerdo es la despedida, es sus ojos y su sonrisa de niño mirándome desde alguna parte y yo creyendo que quizás vuelva a verlo alguna vez. Me aprendo su sonrisa y olvido el resto.
La mañana siguiente es cruel y mi cuerpo me pide un poco de paz, no más por favor, no más alcohol, ni caminatas, no más flash-back despiadados que me arrojan recuerdos que no quiero recordar y aparece esa cara bonita y odio la noche del viernes porque olvidé lo importante y porque debo aceptar las burlas del resto, aceptar que soy una borracha y que el nuevo número de teléfono en mi celular debería ser el de alcohólicos anónimos y no otro. Maldito alcohol, quizás algún día madure y me vuelva responsable y seamos amigos y los viernes sean tranquilos y las mañanas menos dolorosas. Ahora sólo queda esperar a aprender a vivir con los flash-back y los golpes acusadores en la consciencia que duran más que cualquier recuerdo vago de una noche de excesos.

14 de agosto de 2006

Palabras (cuento)

Abrió los ojos y no vio nada. Quizás se asustó un poco, Carla suele asustarse cuando no despierta en su propia cama y se pregunta dónde está, por qué no ha despertado en su cama junto al gato que siempre duerme a su lado. La oscuridad se despeja y ve al chico durmiendo a su lado. Están desnudos, ella toca su piel tibia y se alivia. Ella piensa en él y suplica que la noche nunca se acabe y se queden acostados por siempre. Ella se acurruca a su lado y cierra los ojos. Le dice te quiero. No está segura si lo dijo realmente, no sabe si fue un sueño o es que se confundió en medio de tanta oscuridad y lo dijo en serio. Escucha las palabras cortando el silencio en la oscuridad del lugar y se estremece. No sabe si lo dijo o no. Lo mira. Él sigue allí, quieto, inmutable, como si no existiera pero existe y respira pausado a su lado, ella no sabe si él la escuchó, ella no sabe qué hacer. En su mente ella sólo quiere que sus palabras hayan sido reales y se cristalicen en los oídos de él y se queden suspendidas hasta que despierte y le diga algo, le diga que él también la quiere a ella. Él sigue quieto. Quizás duerme, quizás finge que duerme para no tener que decir algo. Carla sabe en el fondo que él nunca le dirá lo que ella quiere que le diga y vuelve a cerrar los ojos. Se envuelve en las sábanas e intenta volver a dormir, no pensar demasiado, estúpida Carla ingenua, es sólo esta noche, nadie tiene que decir nada. Intenta dormir. Él se mueve a su lado y la abraza por la espalda, pone su boca junto a su cuello y respira tranquilo. Ella sonríe, está oscuro y nadie la ve, pero sonríe. Cierra los ojos.

9 de agosto de 2006

Push, The Cure

Es una mezcla de alegría pura, de éxtasis incontrolable y la más punzante de las tristezas. Cómo saber cuál de los dos sentimientos es más fuertes. Voy caminando por una calle atestada de gente y sin embargo parece vacía, exquisitamente vacía, y yo voy escuchando esa canción excitante que tú me regalaste un día, yo estoy recordándote y me río de tus ojos, yo siento el impulso de correr y adelantar todos esos cuerpos, verte al final de la calle, vivir en los paseos nocturnos que hacíamos antes, reírnos como antes. Estoy riéndome de la cara que pusiste cuando me insultaste y me dijiste puta. ¿Nunca pensaste que era irrevocable? Una puerta que se cierra herméticamente, tú y yo nunca volveríamos a esas noches callejeras, las noches Santiaguinas del verano pasado. El último verano.
Y yo quiero correr a ti e insultarte, al final de la calle esperando, yo quiero reírme de tu cara otra vez, quiero mirar el odio en tus ojos y burlarme de él, me duele dulcemente y me río, quizás porque no puedo hacer nada más. La calle sigue llena de gente, tú te perdiste en el último verano, y yo no puedo parar de reír.

3 de agosto de 2006

Like Spinning Plates (cuento)

Entramos en esa habitación pintada de un verde oscuro y roído por los años, bajo los rayados en las paredes, dibujos, dedicatorias, poemas, pedazos sueltos de canciones olvidadas rellenando los rincones verdes de la pieza, bajo esa ampolleta tímida encerrada en una pantalla sucia y cenicienta que proyectaba una luz deprimente sobre una alfombra carcomida quizás por qué artificios pasados. El olor era siempre insoportable. Había que prender un incienso. Siempre odié el incienso, pero en esas ocasiones era necesario. Hasta deseable. Entro pateando botellas vacías, pedazos de pan duro a medio comer, platos vacíos con comida pegada en el fondo, ropa sucia, pestilente, horrible. Me hago un espacio en la cama que cruje doliente cada vez que soporta un peso. Me siento. Lo único admirable de todo ello es ese equipo nuevo, reluciente, con parlantes en cada rincón de la pieza, amenazante, envolvente, exquisito. Busco el control remoto entre las piedras, plumas y papeles que adornan el velador, enciendo el equipo.
Él me trae su nueva adquisición, un disco de Radiohead, el disco nuevo, lo admiro, una simple carátula negra adornada con un escuálido cuadrado rojo y un tímido título “Amnesiac” lo es todo. Lo pongo. Vuelvo a la cama, me siento, destapo una cerveza y me la tomo. Repaso los rincones, telarañas, cada vez más grandes, cada vez más cerca, nos devorarán un día, le digo, pero no le importa. A mí me importa, pero no puedo contra las arañas. Son demasiadas, están en todas partes. Prefiero ignorarlas y seguir tomando.
Él me quita el control remoto de las manos. Esta canción es lo máximo, dice, escucha. Adelanta el disco, canción número 10, un extraño sonido salta de los parlantes, un zumbido, desquiciante, desesperante, como cientos de abejas gigantes revoloteando junto a mis orejas. Apágalo por favor, no lo soporto, no quiero escucharlas. Él se ríe, pero escucha, es muy buena esta canción, yo no soporto las abejas, están creciendo, se hacen más fuertes, más insoportables, llenan la exigua oscuridad de la pieza, me quitan el aire, no puedo respirar. Apágalo, no quiero las abejas, intento quitarle el control remoto de las manos, pero se ríe y me evade, yo no lo soporto, es un sonido horrible, un batir de alas gigantes, alas membranosas, como las de las abejas, pero son inmensas, chocan contra las murallas, producen ese sonido asqueroso, ese horrendo susurro enajenado, abatido.
El zumbido se hace eterno, luego comienza la melodía, la más dolorosa de las melodías, punzante, me duele, es terrible, quisiera llorar, pero por qué, no tengo motivos. El zumbido se aleja lentamente, me doy cuenta que sólo duró unos 20 segundos, los que creí inmortales, mi mente perturbada por el humo, las cervezas, el encierro, lo desfiguró, allí estaba yo aún, en esa pieza maloliente, oscura, infecta, no habían abejas, no había más que el triste sonido de Radiohead colándose entre las telarañas, entre la podredumbre que me rodeaba.
Para cuando terminó esa amarga “Like Spinning Plates”, yo escondía mi cabeza entre las frazadas arremolinadas sobre la cama, queriendo escapar de la tristeza, de esa voz maldita que me afligía. Y cuando el silencio, ese increíblemente anhelado silencio volvió a la pieza, cerré los ojos y me dormí como un bulto sobre la cama de formas feroces, y soñé con abejas gigantes zumbando en una pequeña habitación oscura.